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Ciegan los deseos

                                Ciegan los deseos

 

              

“No se abre la puerta del conocimiento de Dios mientras en el corazón quede mirada para cosa de este mundo”, enseñaba Ibn Arabí. El Amor es el que diviniza; el Amor es Dios, y por tanto la Unión Divina; la Verdad es su Resplandor y es también Nombre para su Realidad. Los deseos que al hombre imantan y atan a otros polos, separan de Dios y, por consiguiente, de su Luz; absorben el corazón y la mente, de forma que el hombre ni ama ni ve más que “lo otro”; su amor pues, no es Amor, sino concupiscencia y ceguedad; su ver no es Ver, sino torcida vista, miope, falseada y sin Ojos. Doctrina del B. Gita: “Los hombres se pierden a causa de sus múltiples deseos que les privan del Conocimiento interior”.

 Si Dios nace en forma de Krishna es porque la Verdad entre los hombres ha quedado velada por su concupiscencia; y Dios vino en forma de Cristo “para dar testimonio de la Verdad” según declaró ante Pilatos.

 Los velos que tapan la Verdad, cuatro numeran los sufíes de Shurawardi; nómbralos Shamsuddin: “el velo que impide al hombre el logro de Dios es el cuerpo, y está compuesto de cuatro partes: sexo, estómago, riqueza y poder (dignidades, soberbia). Este cuádruple velo nos impide Percibir”. Jalaludhin, a su vez, enumeraba así: “Individuo que obedece a los deseos de la carne, que aprecia la comodidad, que pronto se cansa del trabajo, que piensa únicamente en las cosas mundanas, no podrá conocer la Verdad”. Es vocablo importante entre los sufíes “higal”; significa “velo”, el que tapa a la Verdad; y para ellos “higal” son las apariencias sensibles y su influjo sobre el corazón; las pasiones principalmente.

 Con gran colorido expónelo un arrepentido en el B. Purana: “Teniendo un punto de vista equivocado al apreciar lo que no es Dios (el Sí-Mismo), lo que está enraizado en la desgracia, estoy incapacitado para Verte, envuelto como estoy en la ignorancia. Como un insipiente que corriera detrás de un espejismo, abandonando el agua oculta entre las plantas acuáticas; así yo he vuelto mi cabeza hacia lo corporal, abandonándolo a Ti. De pobre comprensión no valgo para guiar mi mente, agitado como estoy por deseos y actividades, arrastrado acá y allá por los sentidos materiales turbulentos”.

 Los sentidos quitan al alma el sentido y a las cosas su esencial sentido. Aunque lo exacto no es que los sentidos engañen, sino que la torpeza y desarreglo del alma traduce pésimamente sus datos; que ya observa el Zen: “cuando descendemos a la raíz, alcanzamos el sentido; cuando perseguimos los exteriores de las cosas, perdemos el sentido”; nos  alucinamos y el corazón nos persuade sus caprichos, pero “la senda perfecta evita las caprichosas preferencias”. Se lo enseñó Ugapupta a la bailarina ennegrecida por la peste: “Tú no habrías escuchado las palabras de la Verdad cuando estabas rodeada de atractivos, bajo el encanto de la pasión, en la sed de los placeres; no habrías escuchado al Tathagata (el Maestro, Buda) porque tu corazón andaba extraviado por la impostura de tus encantos” (Evang. Buda). Como escribió Pedro a sus cristianos: “Muchos irán tras sus pasiones y lascivias; por ellas el camino de la Verdad les queda bloqueado” (2 Pet 2).

 Dudó Buda en predicar, porque envueltos los hombres en deseos rastreros, terrenales, ¿quién aceptaría la Verdad? “¿Para qué enseñar al mundo? el secreto seguirá siendo secreto para el repleto de deseos” (Mahavagga). Cómo en el repleto de deseos y cómo no llega a  la Verdad, los expresa el Veda: “Como el agua  de un chaparrón, en suelo ingrato, se va desparramando entre peñascos, así el hombre al mirar las cosas y darles vueltas, se dispersa su atención corriendo tras ellas” (Katha Up 4).

 Cuenta la historia tibetana cómo el gran maestro Ralopa (s. IX) vino a ser luz del budismo: “Una mujer negra con adornos de hueso se le presentó: ‘hijo mío, sígueme al Este, allí vive un maestro de la Vía profunda que enseña por signos; si de lo hondo del corazón deseas las Doctrinas, sígueme’. Ralopa la siguió, pero iba rápida y la perdió de vista. Vio un caballo trabado con trabas de oro pugnando en vano por moverse; entendió entonces que cuando el espíritu está trabado por inclinaciones o por el interés, la Sabiduría inherente interna no puede moverse”. A esto equivale la frase de Yogananda: ¿pueden acaso contemplar los rayos hermosos del sol, los que están cegados por sus deseos?”.

 Certifica el Ramayana: “Las palabras dictadas por el amor al bien no son aceptadas por los que son dueños de sí mismos; tales desgraciados pertenecen al poder de Kala (el tiempo)”; encadenados como el caballo de Ralopa, encadenados por los deseos terrenales, ilusionismos que pertenecen al tiempo.

 Escribe el Loto estas palabras de Buda: “Yo les muestro la desgracia en que están y que tengo los medios de salvarles; pero no me escuchan, porque encadenada su inteligencia está por los deseos, y están todos ignorantes. Lamenta el pecador en el Rig. Veda ante Varuna (Dios), nombrando sus cadenas una a una y que por ellas vino su pecado: “No fue enteramente mi voluntad, oh Dios, fue el engaño, la bebida, la cólera, el juego (los dados) o la falta de reflexión, que me lo causaron!”.


Del Padre Ayucar: La Intimidad con Dios

www.cristianismoesamor.com/principal2id.htm

Enviado por Belen






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